miércoles, 10 de diciembre de 2014

UN DÍA LIBRE


José  Gutiérrez cree que se burla del mundo cuando cada mañana se levanta y tras poner la cafetera a fuego lento, se mete de nuevo en la cama mientras espera a que se haga el café. Este ritual matutino se ha convertido en una travesura que le hace gracia a la vez que le ayuda a paliar la apatía cotidiana de lunes a viernes.

-Otra vez a la oficina ¡qué ganas de que me toque la lotería de una vez por todas!- murmulla mientras busca el mando a distancia para encender la tele.

El informativo matinal comienza arrojando estadísticas de paro, víctimas de accidente y malos tratos, porcentaje de fracaso escolar y número de divorcios, fluctuaciones bursátiles, incremento del IPC e impuestos.

-Las buenas noticias no venden. La felicidad es anodina- piensa José.

Se asoma a la terraza de su séptimo piso y contempla la ciudad café en mano.

-Hoy estoy enfermo porque sí, no pienso ir al trabajo- maquina en autodiálogo.

Tragándose el último sorbo de café, se cuela de nuevo en el salón de su apartamento y echa mano del móvil para llamar a Luisa, la secretaria.

Finge malestar.

-Luisa, no me encuentro bien. No voy a poder ir a trabajar hoy.

-¡Vaya por Dios! No te preocupes que yo se lo traslado a Rodrigo. Mejórate que se te nota muy pachucho.

-Gracias- responde con voz apagada.

O Luisa es una pardilla y se lo ha tragado, o le ha tomado el pelo y sabe que es cuento pero se las trae al fresco. No sabe qué es peor.

José vive solo desde que se divorció y lleva una vida de huraño refunfuñón que no se aguanta ni a sí mismo. La vida en solitario le ha hecho conocer su propia naturaleza plañidera y latosa. Ahora no tiene excusas para culpar a nadie cuando hace algo mal. A lo sumo, profiere algún exabrupto contra su persona a modo de redención aunque sepa que la autocrítica es nociva para la autoestima.

-No podré cambiar mi vida, pero hoy me toco los huevos- se dice a sí mismo ante el espejo.

Decide tomar un baño relajante y para ello busca música apropiada en el portátil. Se decanta por un álbum de Enya.

Llena la bañera hasta la mitad y se tumba hacia atrás. La pared trasera  está fría. Hace olitas para calentar la porcelana y poder apoyar la espalda a gusto. No hay espuma. Echa un chorro de jabón líquido y chapotea para crear burbujas. Al cabo de unos cinco minutos se harta de estar en remojo.

-¿Qué mierda le verá a esto la gente? Yo estoy ya negro de baño.

Aguanta unos minutos más. El portátil se queda sin batería y se apaga despojándolo de banda sonora.

-¡A tomar por culo! Me salgo.

Se lía el albornoz y se dirige a su dormitorio. Abre el armario e inspecciona la ropa para seleccionar la indumentaria apropiada para pasar su día libre. Advierte que no tiene pantalones limpios y tiene que poner una lavadora.

-Sí, hombre. Me voy a quedar de amo de casa ahora que el cabrón de mi jefe estará cagándose en mi puta nación. Cojo estos vaqueros mismos y a volar. Las camisas están sin planchar. Me quito de comer si hace falta pero de la semana que viene no falla que contrate una chacha por mis muertos. Me pongo esta camiseta de los Rolling Stones.

La camiseta le hace barriga.

-Me cago en todo. Voy a tener que empezar a salir a correr o a hacer algo.

Busca un calzado cómodo acorde al día de asuntos propios que se ha tomado por su cara bonita y comienza a bromear frente al espejo del armario fingiendo un diálogo con su jefe.

-Rodrigo, hoy te van a dar por donde gotea la jarra, corazón. Este que está aquí se va a tomar un día libre. Saca tú el trabajillo, pedazo de degenerado ¿El qué dices tú? ¡Habla fuerte, coño, que no te escucho!-Estalla en carcajadas tirándose de espaldas en la cama.

CONTINUARÁ…(Si consigo al menos 50 likes/comentarios)

martes, 9 de diciembre de 2014

LA LEY DE LA CAUSA Y EL EFECTO.


Agarre el libro de Louis Hay “Usted Puede Sanar su Vida”  y ponga en práctica los trucos de una de la escritora de libros de autoayuda más conocida, simplemente mírese al espejo y coloque los dedos en la garganta para sentir cómo vibran las cuerdas vocales mientras pronuncia las siguientes palabras mágicas:
-“Me quiero, me acepto, todo está bien”.
 Repita la consigna cuantas veces sea necesario, convierta este gesto en una rutina equiparable al cepillado de dientes y no dude que aunque usted no acabe de creérselo, a fuerza de insistir, quizá algún día consiga al menos no considerarlo una necedad.

La autora se atreve a clausurar el libro con una tabla en la que clasifica una serie de enfermedades determinando sus causas y aportando un eslógan para repetir ante el espejo a modo de antídoto. Se atreve a incluir dentro de la lista dolencias y enfermedades que van desde un simple brote de acné o una fístula hasta diferentes tipos de cáncer. Por poner un ejemplo, según ella, las causas de una fístula son “liberación incompleta de desechos, alguien se aferra al pasado” y para solucionar dicho problema, usted debe colocarse delante del espejo y repetir una y otra vez (siempre sintiendo la vibración de las cuerdas vocales):

-“Con amor me libero totalmente del pasado. Soy libre. Soy amor

Respeto la tesis de que uno es responsable de su estado de ánimo hasta cierto punto y tiene el poder de relativizar o atenuar las emociones negativas, pero de ahí a pensar que uno es capaz de todo con tan solo creérselo me suena al versículo bíblico ese de “la fe mueve montañas”. Uno puede facilitarse o complicarse la vida pero nunca nadar contra corriente. Así que, si se siente preso de una injusticia, tiene derecho a lamentarse y quejarse sin recrearse en ella, claro está. El comentario: “le está bien empleado, que se fastidie” me suena a vendetta pelusera proveniente de vísceras repletas de heces (ignórelo por su equilibrio homeostático)

No, uno no controla su destino como no controla su respiración, se puede contener hasta cierto tiempo pero siempre acaba estallando el instinto de supervivencia.

Por lo tanto, deje de culpabilizarse por todo lo que no puede controlar y acepte que el caos forma parte de su existencia. Si se siente preso de una circunstancia desfavorable, deje de buscar las razones objetivas que le condujeron a ello. La ley de la causa y el efecto tiene muchas excepciones, pregúnteselo a los cadáveres que dejan todas las catástrofes naturales (lástima que se muestren siempre afásicos y circunspectos). Así que sumérjase en el remolino llamado vida y espere a ver si la tormenta amaina. Nadie dijo que fuera fácil.

 

martes, 25 de noviembre de 2014

NUESTRO MEJOR AMIGO


Dicen los psicólogos que no somos conscientes de que la persona con la que más tiempo hablamos y cuya opinión más nos importa no es otra que nosotros mismos. Recuerdo cómo una profesora nos hizo rellenar un cuestionario en el que una de las preguntas que había que responder era: ¿Cómo se llama tu mejor amigo/a? Ni qué decir tiene todo el mundo se extrañó acerca de dicha cuestión y todos pusimos algún nombre de alguien a quién le concedimos el honor de ocupar un lugar tan privilegiado en nuestras vidas.

Cuando nos invitó a compartir las respuestas, nos dijo que todos estábamos equivocados puesto que nuestros mejores amigos éramos nosotros mismos.

El autodiálogo o nuestra corriente de pensamiento nos pasa desapercibido, nos hemos habituado hasta tal punto a él que a veces no somos conscientes de su poder.

¿Quién se libra de empequeñecerse llevando un déspota maltratador emitiendo juicios de valor negativos veinticuatro horas al día? La autocrítica llevada al extremo hace más daño que el látigo del peor de nuestros enemigos.

¿Quién no se convierte en un ser extremadamente soberbio y prepotente siendo portador de una voz interna que manifiesta apoyo incondicional a todas sus acciones? El autoelogio desorbitado engendra especímenes cargantes e insufribles.

En teoría nunca estamos solos puesto que nuestra propia compañía no debería resultarnos despreciable. Nos pasamos el día de la mano de la persona que más nos importa y a veces somos ajenos a semejante perogrullada. Tiene que venir un meapilas a recordárnoslo.

Y sin embargo, por muy conscientes que seamos de ello, seguimos incurriendo en el error de infravalorar nuestro propio criterio.

La seguridad en uno mismo debe ser un estado de consciencia más o menos estable de dicha realidad, respetar la envergadura de nuestras reflexiones y pensamientos. En definitiva, ser conocedores de la repercusión de nuestro propio juicio.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

INMOVILISMO


Quizás algún día, en vez de echar la zancadilla al vecino optemos por acercarnos a preguntarle si necesita algo de sal para ese plato que huele tan bien desde el patio de casa y quién sabe si el vecino se decida incluso a invitarnos a tomar una copa de vino mientras termina de hacerse la comida para ofrecernos una ración.

Si nos envolvemos de optimismo, puede que intentemos incluso dar un paso más y adoptemos la costumbre de sonreírle siempre que nos lo encontremos de frente, aunque no tengamos motivos aparentes, así porque sí , y dejándose llevar por la inercia, a lo mejor él hace lo mismo y nos devuelve el gesto alegrándonos el día:

-¡Qué buena persona es mi vecino, me sonríe siempre que me ve y me invitó a una copita de vino! ¡Fíjate que hasta me dio una fiambrera para que lo probara!

-Bueno, ¿estás seguro de que lo hizo sin esperar nada a cambio?

-¡Cómo eres! Sólo le ofrecí un poco de sal.

-¡Qué osadía! ¡Qué va a pensar tu vecino de una persona que llama a la puerta de su casa con la excusa de ofrecer un poco de sal para ver si obtiene un plato de comida a cambio!


Tengo un vecino que tiene un morro increíble, el otro día me llama a la puerta porque dice que huele muy bien lo que estoy cocinando y adivina lo que me suelta.

-A ver… ¡Sorpréndeme!

-Que si necesitaba “un poquito de sal” para el guiso.

-Menudo morro se gastan algunos… ¿y qué le dijiste?

-Que soy hipertenso y que muchas gracias. Educación ante todo.

(Risa malévola)

 

Pero mientras llega ese día, sigua esbozando ese gesto huraño a todo desconocido y vaya a lo suyo, por lo menos no se meta en lo que hacen los demás. ¡Ah! Y muy importante, no abra nunca la puerta a desconocidos. Anquilósese en su jaula de oro y baje el volumen del televisor si alguien llama a la puerta de su casa fingiendo su ausencia. La vida está muy mala y uno no se puede fiar ya de nadie. No se preocupe, en cuanto no abra la puerta unas cuantas veces, no le volverán a molestar nunca más.

Siga su vida ignorando a sus vecinos. Aristóteles mentía cuando decía que el hombre era un ser social por naturaleza porque no lo conoció a usted. Es una pena que no pueda usted invitar a café a Hobbes, del cual es usted fan acérrimo, ya sabe, por aquello de “El hombre es un lobo para el hombre”. Aunque claro, si pudiera, no iría usted a poner en práctica lo que le obligó a bajar el volumen del televisor yendo a molestarlo para invitarlo a un cafelito.

No. Usted no mueva un dedo por cambiar. La culpa es siempre del que vino por la sal para sacarle un plato de comida.

-Antes la tiro a la basura que dársela al gorrón este.

-Bueno, tan solo te estaba ofreciendo sal…

-Nadie da duros a cuatro pesetas.

-Yo que sé, igual te vendría bien charlar y conocer gente nueva.

-¿Aprovechados? Para eso me quedo como estoy.

 

La vida se vuelve a veces un empeño absurdo por seguir inmóviles en el estado actual cerrándonos puertas y aludiendo a la situación presente de las cosas para continuar anclados en lo mismo. La vida es a veces un bucle de incoherencia.  

 

 

 

 

jueves, 6 de noviembre de 2014

ESTADOS DE ÁNIMO


Desde que me aficioné a leer ensayo de neurociencia y psicología me autoanalizo más de la cuenta.

El ser consciente de lo que se supone que es una emoción y cómo se gesta  debería constituir una herramienta poderosa para ayudarte a ejercer el autocontrol emocional.

Una mierda.

Las emociones se apoderan de mí como si fuesen una pócima mágica. Las siento como una especie de química, como si se derramase dentro de mí un frasquito de brebaje fabricado por una hechicera y por más que intento utilizar mi parte racional, esa a la que llaman neocórtex, lo único que consigo es exasperarme aún más al ser consciente de que lo único que puedo hacer es esperar a que el efecto del veneno amaine, sintiéndome una estúpida y absurda víctima de las reacciones químicas internas.

Vuelvo del trabajo y de repente me asalta un pensamiento positivo: “¡Qué ganas tengo de salir a correr esta tarde!” Ya ves lo poco que me exijo a mí mismo para ser feliz a veces. ¿Qué mecanismo interno habrá actuado para que una cosa tan baladí haya conseguido hacerme sentir tan bien? Por más que analizo, no salgo de mi asombro, sobre todo porque el hecho de salir a correr es a veces lo que me transporta al séptimo infierno del que hablaba Dante cuando no me apetece mover un dedo pero me veo en la obligación de hacer algo de deporte.

Os parecerá extraño pero tengo un hobby curioso. Me tumbo en la cama y miro al techo dejándome llevar por el embrollo de mis pensamientos, sin música de fondo, sin propósito alguno. Se trata simplemente de mirar al techo y perder el tiempo.

Admito que cuando lo hago me limito el tiempo  porque podría pasarme horas así, pero soy consciente de que mi equilibrio mental pendería de un hilo si  cultivara muy a menudo y durante mucho tiempo este pasatiempo descabellado y sólo lo practico a intervalos de tiempo breves normalmente acotados por algún elemento externo como esperar a que termine el programa corto de la lavadora o que el horno termine de cocinar, por poner algún ejemplo.

Me esfuerzo en no pensar en nada concentrándome en el techo y me gusta dejarme sorprender por mi propia mente que siempre saca a relucir algunos asuntos tan variopintos  que van desde un intranscendente “voy a contar las tres manchitas negras apenas perceptibles del techo una y otra vez aunque no sé para qué estoy haciendo esto” hasta un “¿qué es más difícil imaginar: un universo finito o un universo que nunca acaba?” o un “¿y si el mundo no fuese más que una mota de polvo plagada de seres microscópicos (nosotros, los humanos) en la chaqueta de un ser gigantesco que habitara un planeta enorme de seres gigantescos mortales que creen que creen en la vida eterna después de la muerte?” “¿Y si la cadena continuase y esos seres gigantescos fuesen microbios en otra mota de polvo en la chaqueta de otros seres aún más gigantescos?”

Creo que me gusta esta distracción porque mi parte racional, la que me hace oscilar entre estupideces y dilemas morales no me molesta lo más mínimo. Sin embargo, cuando me asalta un estado de ánimo, me suelo sentir desvalido e impotente. Si es bueno, me regala un transitorio estado de felicidad exacerbada que me llega como de la nada. Pero si es negativo, mi parte racional se siente tiranizada por un sátrapa leonino que la manipula a su antojo.

martes, 28 de octubre de 2014

MÍSTER PERFECTO


Míster perfecto tiene un alto concepto de sí mismo para tapar con artimañas seminvisibles su mediocridad.

Se rodea de cobistas y lisonjeros vulgares que no le hagan sombra y le permitan imponer sus historias.

Se decanta por la novedad, uno ya no ve nada significativo en la gente a la que conoce desde hace siglos.

Le gusta contar historias semiverdaderas que acaba por convertirlas en fidedignas a base de contárselas repetidas veces a sí mismo. Cuando uno se relata una historia a sí mismo varias veces, se la narra exagerando las partes que le conviene obviando las partes que lo dejan en mal lugar, llegando a creerse su propia versión distorsionada.

Una vez que consigue autoembaucarse, camina con paso más firme y mueve las manos con seguridad al contarle a los demás la verdad alterada que acaba por imponer sin encontrar muchos obstáculos.  

Imponer una historia no da contento a la larga, al final es como si sólo se la contara uno a sí mismo y eso carece de gracia; si no se ve apoyada nada más que por los aduladores y serviles acólitos, es como jugar al ajedrez sin rival. Por eso, Míster Perfecto elige alguna cabeza de turco que ose llevarle la contraria y le sirva al mismo tiempo de aliciente para defender su interpretación manipulada de la realidad.

Míster Perfecto no es del todo consciente de que lo que comenzó como un burdo pasatiempo ahora es su modus vivendi, puesto que ahora es lo único que le reporta satisfacción a su edad.

Ha perdido el control abusando de él, pero ya es demasiado tarde para contradecirse a sí mismo rebatiendo su historia, su crónica, su única verdad.

domingo, 26 de octubre de 2014

VIAJE A NINGUNA PARTE


Esta mañana he bajado al paseo marítimo a caminar. Me puse la gorra y las gafas de sol y me coloqué los cascos para escuchar una selección de mis canciones preferidas en el MP4. Andar sin rumbo me gusta, el movimiento infructífero y carente de objetivo alguno me relaja. ¿Acaso no imito a la Tierra rotando sobre sí misma y volviendo al mismo punto al final de cada día o cuando gira alrededor del sol para volver una y otra vez a la misma posición de la que partió al cabo de 365 días?

¿Qué es el paso del tiempo sino los inanes rodeos de un planeta en el que te ha tocado vivir? Nada más que eso. Una vuelta más al sol y tú organizas una fiesta, te miras al espejo y te preguntas cómo es posible que ya hayas cumplido otro año si parece que fue ayer cuando soplabas las velas de tu edad obsoleta.

La nostalgia de tus quince años no es más que la nostalgia de las quince rotaciones de la Tierra alrededor del Sol desde el momento en que naciste. Quince vueltas que la llevaron al mismo punto de partida pero que a ti te transformaron como por arte de magia en un adolescente algo perdido pero con ganas de llegar a la mayoría de edad.

Una vez eres consciente de lo que significa cumplir años, te acuestas con los brazos en cruz panza arriba sobre la cama, imitando la crucifixión de Jesucristo, que vino al mundo para librarte de la muerte muriendo él mismo, de la misma manera que la Tierra se empeña en moverse para luego volver al mismo punto del que partió.

Te asalta el miedo cuando reparas en los viajeros que llevan mucho tiempo dando vueltas improductivas en tu planeta; virajes que siempre los llevan al mismo punto de partida pero sin embargo cada vez más mustios, exánimes, decaídos y endebles y mientras miras al techo, aún con los brazos en cruz, haces tus cuentas...

Aún soy joven, todavía me queda un número considerable de vueltas para llegar a ese estado de fragilidad.

Y sin embargo, de repente te das cuenta de la trampa que te has tendido a ti mismo al recordar que ya eres un viajero algo mustio y ajado y que te encuentras en el número de vueltas que no hace mucho ya considerabas como el principio del declive.

Te das la vuelta y te colocas boca abajo, esta vez levantando los brazos, quizá adoptando inconscientemente  el gesto del que se rinde y se muestra desarmado ante el enemigo.

Otra vuelta más…