miércoles, 27 de mayo de 2015

JUGANDO A SER DIOS


En las tardes calurosas de verano, de pequeño, a veces, me gustaba jugar a ser Dios en el patio de mi casa. Reconozco que era uno de los juegos que menos ilusión me hacía a pesar de que suene a algo tan transcendental y que me decantaba por él cuando estaba aburrido de hacer otras cosas.
Consistía en localizar un foco de hormigas y utilizar mi ventajosa posición descomunal con respecto a ellas para dar rienda suelta a mis caprichos: aplastar a una, quitarle la carga a otra, aislar totalmente a otra, mandar una inundación arrojando un potente chorro de agua por la boca o recompensarlas con manjares (cáscaras de pipas o migajas de pan)
 Era una especie de Zeus caprichoso o de Yahvé en los capítulos más negros del Antiguo Testamento. Sin embargo, mi poder con respecto a ellas era limitado  ya que nunca pude pedirle a ninguna de ellas que sacrificara a su hija en señal de fe y comprobar si existía entre ellas un Abraham fanático de su deidad opresora y veleidosa de apenas ocho años de edad, toda una eternidad para una hormiga, pensándolo fríamente.
Contrariamente a la idea de omnipotencia que las hormigas pudieran hacerse de mí, no era más que un cutre titán infantil aburrido que mataba el tedio.
Cuando presencio alguna injusticia en forma de desastre natural, no puedo evitar pensar en el paralelismo entre la posible fuerza creadora del universo y mi supremacía con respecto a las hormigas.
A lo mejor esa fuerza no es más que un descomunal gigante mortal que busca distraerse un rato con nosotros. Tal vez no seamos más que hormigas que visten de traje en ocasiones especiales.
¿Seremos solo un juego estival de niño hastiado?

lunes, 6 de abril de 2015

LA CIUDAD

Apenas unas fracciones de segundo para mirar a los ojos del que se cruza y demostraros que ambos existís y sois seres visibles. Porción diminuta de tiempo que demuestra que no sois más que eso: dos desconocidos que se toparon por casualidad.
La desatención cortés como mecanismo para demostrar al extraño que es algo más que una entelequia o un holograma provisto de frustraciones y anhelos.
Interacción no focalizada para encontrar tu sitio dentro de la masa, en la aglomeración de cadáveres en potencia, de juventud, vejez y mediana edad ordenada en guetos.
El gesto neutro mostrando indiferencia para evitar el conflicto. Atrezzo humano de carne y hueso que te circunda. Manojos de nervios o sacos de tedio.
Extraños de existencia transitoria que se esfuman permaneciendo en el anonimato, diluyéndose en el trasiego.

domingo, 8 de marzo de 2015

MÁS FELIZ QUE UNA PERDIZ


¿Quién es más feliz, el que se esfuerza a toda costa por exteriorizar en todo momento que la vida le sonríe o el aséptico que nunca habla de sus emociones en público?

¿Quién disfruta más de la vida, el que come jamón de bellota a diario o el que solo se puede permitir un capricho culinario de vez en cuando?

¿Está más próximo a la dicha el que se da golpes de pecho por toda la adversidad a la que ha hecho frente en el pasado saliendo airoso de ella o el que no tiene ningún acontecimiento importante en los anales de su historia que narrar a los demás?

¿Quién es más feliz, el que se toma un café de un euro cerrando los ojos al sol de la tarde que lo baña o el que organiza fiestas con la alta sociedad en su ático en primera línea de playa?

¿Es más feliz el que espera mucho de la vida o el desencantado que va improvisando y se conforma con lo poco que tiene? ¿Es más feliz el que viste de marca o el que viste de mercadillo?

¿Es bueno fiarse del que sonríe en todo momento a modo de bálsamo o del que posee registros de estado de ánimo variable?

¿Si la felicidad está en las cosas pequeñas, por qué todo el mundo admira la grandeza?

¿Quiero dinero para pagar el bien más preciado por escaso: tiempo en el que no tenga que trabajar?

¿La felicidad no existe como entidad objetiva aparte? ¿La felicidad es relativa y por lo tanto, como un virus que muta para propagarse?

¿La felicidad es simplemente buena salud y mala memoria?

¿La felicidad es la negación de la infelicidad? ¿No sé qué me hace feliz al cien por cien pero sí lo que me hace infeliz y combatiendo la infelicidad, consigo sentirme un poco más dichoso o menos desdichado y más digno de seguir viviendo de esa forma?

¿La felicidad tiene un componente dogmático y de autosugestión: si creo que algo me hará feliz, posiblemente lo consiga, al menos temporalmente?

¿La felicidad se contagia a veces y en ocasiones nos aleja de los demás? ¿La felicidad es ser envidiado por el prójimo?

¿La felicidad es un psicotrópico que engancha y crea tolerancia (cada vez necesito más para conseguir el mismo efecto)?

¿La felicidad aburre si es muy prolongada? ¿Comer perdices a diario acabaría por convertirnos en seres desgraciados abocados a comer perdices a diario?
¿Todo el mundo busca la felicidad como un borracho busca su casa sabiendo que está en algún sitio?


martes, 3 de marzo de 2015

NARCÓTICOS, BARBITÚRICOS Y ESTUPEFACIENTES SIN PRESCRIPCIÓN MÉDICA.


El humano es un ser arrojado al mundo. La frase no es mía. La he leído en algún sitio recientemente pero no recuerdo dónde. Estamos condenados a existir a sabiendas de que somos finitos y algún día dejaremos de estar aquí. Esa es la única certeza que tenemos. Vivimos a sabiendas de que algún día moriremos y mientras llega o no llega lo irremediable (podría ser mañana, dentro de cinco minutos o de veinte años, he aquí el misterio de la vida) tenemos en mayor o menor medida eso que llamamos libertad para actuar de acuerdo con nuestros deseos o principios, siempre dentro de un marco limitado.

 
 
¿Qué hacemos con nuestra libertad? Las opciones, si bien limitadas, son muy variadas y van desde comer bollería industrial en cantidades industriales hasta reventar como la bomba de Hiroshima (llenarte de carbohidratos y grasas trans para combatir el vacío existencial y el nihilismo) hasta perseguir la espiritualidad más absoluta y convertirnos en éter (metafóricamente hablando, porque siempre se nos escapará algún que otro pedo, por mucho que nos empeñemos en contenerlo)

Como seres corpóreos con flatulencias, tenemos deseos concupiscentes y podemos dedicarnos tanto a satisfacerlos en cuanto se presenten (estas sardinas asadas tan ricas  “pa mi polla”, que diría un buen granaíno) o a negar nuestra corporeidad o filosofar acerca de nuestra propia existencia y dedicarnos a buscar la verdad absoluta. En cualquier caso, algún día, todo habrá acabado.

Hoy quiero escribir un artículo dedicado a los narcóticos. No a las sustancias nocivas o estupefacientes que nos evaden dañando la salud al mismo tiempo, sino a las acciones cotidianas inocuas y cutres salchicheras que nos ayudan a escapar momentáneamente de la sensación de finitud que cae sobre nuestras espaldas desde el momento en que adquirimos consciencia de nuestra existencia.

Son esas pequeñas trivialidades que nos distraen a diario y nos provocan sensación fantasma de inmortalidad porque desvían nuestra atención y nos hacen ser unos seres inconscientes de nuestra trasitoriedad. Pueden ser, en el fondo, cualquier cosa que nos distraiga: un crucigrama, la planificación de una fiesta o un viaje, una discusión acalorada, un paseo por el campo, un partido de fútbol o una excursión al cine, rezar el rosario o saltar a la comba, cantar bajo la ducha o comer pipas, ayudar a los demás o poner a la vecina del cuarto a caer de un burro llamándola puta aunque no haya conocido varón, trabajar  hasta el agotamiento o rascarnos la barriga viendo telebasura, sacarnos mocos o ir a misa los domingos, esculpir nuestro cuerpo en el gimnasio o criar barriga y cartucheras, comer en casa de los suegros el fin de semana o ir de putas, tomar anís a palo seco o un zumo natural de fruta orgánica.

 La vida es en el fondo una distracción, un continuo desvío de atención de una verdad incómoda, un continuo autoengaño. La vida es una charada o una broma pesada.

Una aclaración: ni estoy deprimido, ni me estoy planteando el suicidio. Eso sí, últimamente me ha dado por leer filosofía.

miércoles, 18 de febrero de 2015

"BAKALAO" PERO NO CON TOMATE.


Los que fuimos adolescentes en los 90 pensábamos que el ser humano no podía evolucionar más en cuanto a tendencias musicales porque con el “bakalao” habíamos llegado al tope de lo guay y de lo fiestero, no se podía ser más chachi y mirábamos a las generaciones anteriores como a carcas que escuchaban música sin ritmo mientras nosotros acumulábamos recopilaciones del Máquina Total. Hoy me ha dado por echar la vista atrás y ver algunos videoclips, entre ellos este, de Mo-Do. Nadie lo conocía por el nombre, si querías pedirle la canción al DJ tenías que tararearla. Aquello de una canción con tres frases sin verbo y sin sentido en alemán intercalando la preguntita “Was ist das?” (¿Qué es eso?) sonaba a puta vanguardia de la hostia. La verdad sea dicha, el bakalao es de una cutrez y un mal gusto magistral. Pero era lo que se llevaba, al igual que los pelos cardados en los ochenta. Aquí os dejo el video de una de las canciones que marcó la adolescencia de los treintañeros  que ven venir de cerca los 40. No sintáis vergüenza ajena, pensad que en aquella época molaba un “güevo”  y  además, por lo menos podemos decir que pertenecemos a una generación, la del bakalao , que la prefiero mil veces a la generación actual “reguetonera".
 
 
 

Dejaba atrás mi infancia y me hacía adulto mientras sonaba en la radio "Zombie" de los Cramberries, Mariah Carey debutaba con su "Without you", Los Big Mountain estaban a todas horas con el "Baby, I love your way", los Pet Shop Boys se salían con el "Go West", Ace of Base con su "Happy Nation" que me sabía de memoria a pesar de que mi nivel de inglés por aquel entonces era equiparable al de Mario Vaquerizo, Roxette y su "Sleeping in my car" y un largo etcétera. Seguro que te suenan.
 
 
Menos mal que tengo hemanos mayores y estuve expuesto a música de otros tiempos. Gracias a mi hermana, era el único del cole que sabía quiénes eran CC-Catch y los Modern Talking (este vestigio de los ochenta era desconocido para la mayoría de mis compañeros de pupitre antes de que tuvieran un "revival" allá por el año 2000) por no mencionar a Perales que me gustaba también porque lo cortés no quita lo valiente y me sabía (y me sé aún) casi todas sus canciones, pero con aquella edad no me atrevía a decirlo, antes bebía orines.


Luego estaba la vena petarda rollo Adamo, Camilo Sesto, Pimpinela, Julio Iglesias, Junco, Mari Trini y un largo etcétera de grupos y cantantes que les eran en su mayor parte absolutamente desconocidos a la mayoría de los de mi generación y que heredé directamente de mi hermana gracias a sus cintas de casete de mercadillo que grabábamos en nuestro "superradiocassette" de doble pletina ¡que era lo más! Contemplábamos atónitos cómo copiaba un álbum que tenías que escuchar de seguido por narices si no querías estropear la copia y alucinábamos en colores cuando conseguíamos una cinta de un álbum de algún cantante que dábamos por descatalogado por pertenecer a la época de la caída del imperio romano en algún rastro.
 

Recuerdo que en el “revival” que tuvo Camilo Sesto a principios del 2000, mis amigos no salían de su asombro cuando ponían “Vivir así es morir de amor” en el bareto de turno y comprobaban que me sabía la letra de pe a pa. Ese era sin duda el legado de mis hermanos mayores.

Soy de la época de los “walkman” o de los “juanma” como decía mi vecina que se los encargó a su hija para que me los trajera del viaje de novios de  Canarias, que allí eran más baratos.

-¡Ea, ya se va a poner los “juanma” pa´ no sentirnos!
 
 
 

Aquel artilugio cuya fuente de alimentación era a pilas salía por un ojo de la cara porque las alcalinas valían un huevo y las que no lo eran, las Cegasa, duraban tres canciones y media si subías mucho el volumen, así que si no te gustaba una canción, había que hacer uso del bolígrafo para “pasarla palante” y ahorrar energía. Y si te gustaba, ídem de lo mismo, pero a la inversa, rebobinado manual, y probando de vez en cuando para no pasarte la canción. Nosotros inventamos la ecología y el ahorro energético sin quererlo.

La contrapartida era un bulo que circulaba y que aseguraba que las pilas descargadas se volvían a cargar si las metías en el congelador un tiempo, así que toda mi familia ha estado expuesta a material radiactivo gracias a mí.

¡Ay! Cómo decía Carina: “Echar la vista atrás es bueno a veces (uh uh uh)” y la verdad es que me he reído un montón yo solo escribiendo y recordando aquellos maravillosos años.

martes, 17 de febrero de 2015

PRIORIDADES


¿Quieres saber qué es para ti lo fundamental? Imagínate que te queda una hora de vida ¿qué harías? Con esta pregunta, un filósofo francés cuyo nombre no recuerdo pretende hacernos reflexionar sobre cuáles son nuestras auténticas prioridades.

Hombre, como arma reflexiva está muy bien, supongo; pero yo, si de verdad me quedara una hora de vida, la dedicaría a hacerme caca encima, porque teniendo en cuenta lo aprensivo e hipocondríaco que puedo llegar a ser, me visualizo mirando al techo paralizado y ojiplático.

Si el dolor de un simple padrastro en el dedo índice me hace descender al noveno círculo del infierno que describió Dante en la Divina Comedia (allí junto a Judas Iscariote y Bruto y Casio, los asesinos de Julio César, jugando a las palabras encadenadas con ellos) no quiero ni pensar qué sería de mí si me comunicaran que sólo dispongo de sesenta minutos más.

 
En cualquier caso, si a vosotros os vale el ejercicio revelador de prioridades, ahí lo tenéis. Yo, prefiero quedarme con la duda de saber qué es lo que realmente me importa en esta vida, aparte de no saber cuándo se me va a acabar. Quizás sea eso lo que de verdad me importa, no saber mi fecha de caducidad, si es que eso se puede considerar prioridad de alguna manera.

“Je ne veux pas savoir” (No quiero saber) como me dijo mi tutora con la que trabajé en Francia como auxiliar de conversación en lengua española un año, cuando la llamé desesperado desde Londres porque había perdido el vuelo a Lyon y no sabía cuándo iba a llegar al liceo.

“Cela ne me regarde pas, desolée” (No es asunto mío, lo siento)

Esa fue una de las primeras bofetadas laborales que a mis tiernos 23 añitos me hicieron despertar del semiletargo.

Aunque la maldije, hoy por hoy le agradezco enormemente que se desentendiese de mí por todo lo que me vi obligado a aprender.

Y allí estaba yo, en un Bed and Breakfast cercano al aeropuerto de Londres en el que me vi forzado a invertir los ahorrillos  que tenía por haber perdido la conexión del vuelo a Lyon, chapurreando a duras penas un francés macarrónico con el que me embarcaba en aquella aventura gala para explicarle a la buena “madame” que no había sido mi culpa que se hubiese retrasado uno de los vuelos con un vocabulario de unas 300 palabras incluyendo el “Voulez-vous coucher avec moi ce soir?” que todo el mundo conoce aunque no sepa ni papa de francés.

Como ella se había comprometido a recogerme del aeropuerto de Lyon, yo me despreocupé de todo. No había internet por aquella época. No era tan fácil moverse como ahora. Hasta tuve que inventarme una historia para que me dieran algo de pan en la cafetería para cenar porque no aceptaban mi tarjeta de crédito y no había cajeros automáticos en veinte kilómetros a la redonda. Hubiese bastado con contarles la verdad para que me hubieran ofrecido algo de comer sin necesidad de decirles que era vegano (tras examinar escrupulosamente todo el menú y comprobar que todos los platos llevaban carne), pero mi inexperiencia juvenil me empujó a la picaresca.

Ahora eso sí, esto me llega a pasar ahora con lo que la vida me ha enseñado y le cae a la “madame” una buena. ¡Qué rabia me da haber sido tan ingenuo e inexperto en aquella época!

Non, je ne veux pas savoir! No quiero saber lo que me depara la vida. Prefiero el misterio y la intriga. Así que, supongo que al final el ejercicio de figuración ha dado sus frutos desvelándome que prefiero lo ignoto y la sorpresa, o si preferís, el lavarme las manos, al igual que hizo mi tutora francesa porque mi fecha de caducidad “ne me regarde pas” , es decir, no es asunto mío.

 

 

 

lunes, 16 de febrero de 2015

ANTOJOS EXCÉNTRICOS


Si hay un rasgo de mi personalidad innegable es el poder de observación. Resulta contradictorio que aún siendo bastante despistado, a veces no puedo evitar centrarme en detalles que otros obviarían por completo o  les pasarían desapercibidos.

Hace unos días no pude evitar observar en una cafetería a una mujer que estaba tomando el almuerzo a deshoras, me llamó la atención que estuviese comiendo a la hora del café y  mi mente peliculera no pudo evitar inventarse una historia para justificar el porqué aquella señora se empeñaba en desafiar la convención culinaria y almorzar tan tarde. Pero esa es otra historia.

Lo que no pude eludir  fue quedarme absorto examinando cada uno de los gestos de aquella mujer. Analizar cómo cortaba la carne y la delicadeza y habilidad con la que manejaba los cubiertos junto a la elegancia con la que masticaba cada bocado era todo un festín para cualquier observador que se precie. Mirarla eran ganas de ponerse a comer.

Ya sabéis que mi infancia estuvo marcada por los caprichos culinarios. De niño era algo así como un tirano de la cocina y podía pasar temporadas prácticamente sin comer o bien ingiriendo sólo un tipo de alimento hasta aborrecerlo. Os invito a aquellos que leáis el blog por primera vez a leer una entrada antigua que titulé “Obsesiones” donde narro uno de estos episodios en los que decidí que sólo quería comer sanjacobos.

Contemplar el espectáculo de la “lady almuerzo-merienda” me remitió a un episodio de mi infancia.

Ese día llegué del colegio a casa y nada más ser recibido por mi madre, dije:

-Quiero pan y aceite.

Mi madre, indefensa ante los caprichos de un sátrapa mocoso, obedeció sin rechistar.

-Este pan está muy bueno. ¿Te preparo un bocadillo?

-No, necesito un plato de plástico.

Mi madre, que estaba más que acostumbrada a mis excentricidades, no opuso la más mínima resistencia y consiguió un plato de plástico. Mejor eso a tener que aguantar cómo le daba vueltas a la cuchara o jugaba con el tenedor si me obligaba a comer lo que hubiera preparado para ese día.

Una vez conseguí a golpe de exigencia las tres cosas que mi veleidosa naturaleza de niño autócrata reclamaban como si se tratase de un derecho fundamental innegable, me dirigí al patio y me senté en el suelo.

A continuación, vertí unas cuantas gotas de aceite de la alcuza en el plato de plástico y comencé a despedazar el pan con las manos bajo la mirada de mi madre.

Luego, mojé toscamente las sopas en el plato de aceite y engullí como un bruto cada una de las sopas mientras me caían las migajas de pan en el jersey.

Lejos de asombrarse o de regañarme por la falta de modales o el poco decoro, mi madre se limitó a hacerme una pregunta:

-¿A quién has visto comer de esa forma?

Con la boca llena de pan respondí:

-A un gitano, mamá. A un gitano.